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Shalom
uvrajá
Jabad
Rosario cumplió 16 años.
16
años de continuo trabajo para alcanzar los objetivos de nuestra misión:
difundir los valores judaicos genuinos entre los judíos de la ciudad, facilitar
la observancia de los preceptos, trasmitir las enseñanzas de la Torá. Todo
esto impregnado con uno de los principios básicos del judaísmo: la esperanza y
fe sincera en la llegada del Mashiaj.
Durante
la celebración de este cumpleaños tuve la oportunidad de expresar “que
gracias a Di-s fue un año de muchas actividades exitosas y cuentas
equilibradas, gracias a la colaboración de iehudim de esta ciudad. Pero la
mayor satisfacción no es que el templo esté lleno, sino la introducción de
elementos y valores judaicos dentro del hogar y la familia. Un padre que me
cuenta que lee el "Shemá Israel" con su hija antes de ir a dormir.
Una señora que me dice que en su casa se consume únicamente carne casher. Esto
es lo que asegura el futuro de la vida judía”.
Estamos
cerca de la fiesta de PURIM. La historia de Meguilat Ester sucedió en la diáspora
y si profundizamos en ella, además de encontrar las amenazas del galut
(asimilación, antisemitismo), encontraremos allí la manera de enfrentarlas:
fortaleciendo nuestra identidad judía. Para eso estamos en esta ciudad. En esta
revista hay dos artículos que analizan la esencia de Purim y sus enseñanzas
("El mensaje de Purim" y "La Diferencia").
Para
este año ya tenemos programadas varias actividades: la inauguración de la
terraza - parrilla, la visita de la actriz Henny Trayles, la presentación de
"Una Noche sin Tzures 2", nuevas clases de Torá para gente de todas
las edades y diferentes niveles de conocimientos judaicos. Además estamos
programando un fin de semana en las Sierras Cordobesas para aprender y vivenciar
una experiencia judaica en familia y con amigos. El departamento de la Juventud
a cargo del Rabino Jaím Nacach ya comenzó con las actividades y ciclos de
estudios para jóvenes de la ciudad.
Beit
Jabad Rosario tiene las puertas abiertas y lo está esperando.
Otro
de los artículos de la revista es "Qué es un rabino", creo que es la
oportunidad para esclarecer sobre este tema que ha sido y es central en la
agenda comunitaria.
Purim
Sameaj
Rabino Shlomo Tawil
Generalmente
la gente tiene un concepto erróneo de lo que es un rabino. Si le preguntamos a
la mayoría de los judíos, nos dirán probablemente que el rabino es, "el
Jazán que canta hermoso", "aquel que conduce el servicio
religioso", "aquella persona que habla elocuentemente los viernes en
la noche", "una persona con buenas dotes histriónicas", o muchas
otras cosas. La verdad es que algunas de estas características son parte de la
personalidad de muchos rabinos y contribuyen en su labor, pero no representan la
esencia misma del rabino. De hecho, estas caracterizaciones difieren de lo que
enseña verdaderamente la tradición judía al respecto.
La
palabra española "rabino" proviene del término hebreo "rab
" que significa "maestro de Torá". Vemos entonces que la labor
principal de un rabino es enseñar Torá (judaísmo), y no ser un simple
funcionario que celebra matrimonios y da sermones los viernes en la noche. Pero
la palabra "rab" también significa "poderoso, grande", es
decir, un rabino es una persona que ha alcanzado grandeza espiritual y es un
ejemplo para todos nosotros. El siguiente pasaje del Talmud nos explica
claramente estas dos funciones que cumple un rabino: "Si el Rab (rabino) se
asemeja a un ángel de D-os, entonces permite que te enseñe Torá, pero si no
lo es (si no se asemeja a un ángel de D-os), no dejes que te enseñe Torá"
(Tratado Moed Katán 17a). El Talmud nos reitera en este pasaje que la labor
principal de un rabino es enseñar Torá al pueblo, y que éste debe tener la
grandeza espiritual semejante a la de un ángel de D-os.
¿Cuál
es el concepto de "ángel" en el judaísmo?
Frecuentemente,
cuando escuchamos que alguien habla de "ángeles", nos imaginamos a un
ser alado portando arco y flechas, que vuela en el aire. La explicación judía
de "ángel" es mensajero, enviado del Creador. La cualidad esencial
del ángel es su fidelidad en el cumplimiento de la misión encomendada por el
Todopoderoso. El "ángel" cumple la Voluntad Divina sin hesitaciones
ni cuestionamientos, Del mismo modo, el rabino se conducirá con fidelidad e
integridad en todos sus caminos, en el cumplimiento de la enseñanza de D-os y
de Su Palabra en forma fiel e integra hasta asemejarse a los ángeles. Por lo
tanto, continuando con este principio enunciado en el Talmud, vemos que un
rabino debe poseer ciertas cualidades que le permitan cumplir estas dos
funciones. En primer lugar, debe ser un gran erudito de la Torá, es decir, debe
conocer perfectamente el Tanaj (Biblia), la Mishná, el Talmud, el Shulján Aruj
(Código de la ley Judía), y debe ser versado en todos los aspectos de la
filosofia judía, De lo contrario, ¿cómo podría enseñar Torá al pueblo judío?
Segundo, el rabino debe basarse únicamente en estas fuentes para guiar a sus
discípulos y congregantes.
En
nuestro mundo actual los judíos están bajo una terrible influencia de una
multitud no judía, ya sea por la televisión, películas, periódicos,
revistas, medio social y lugar de trabajo. Trabajan con no judíos, comparten
sus barrios e interactúan intensamente con ellos. Por esta razón, es necesario
que el rabino sirva de "contrapeso" para esta fuerte tendencia a la
asimilación que encontramos en nuestra sociedad.
Cuando
una pareja casada pide orientación matrimonial al rabino, quiere resolver su
problema desde una perspectiva Judía y no mediante una interpretación psicológica
secular. De lo contrario, le bastaría con consultar a un psicólogo.
Entonces,
el rabino no sólo debe enseñar los textos clásicos del judaísmo sino también
emplearlos para resolver los problemas de la comunidad. Si usa para ello textos
no judíos, engañará a sus alumnos, porque estos pensarán que se les está
hablando desde un punto de vista judío.
La
Torá posee toda la sabiduría del mundo y allí siempre encontraremos solución
a nuestros problemas.
Por
último, un rabino debe actuar como un siervo fiel de D-os en todas sus tareas;
es una característica dificil de encontrar. Debe tener un alto grado de
integridad moral para servir de ejemplo a sus discípulos. También debe cumplir
cabalmente con las mitzvot (preceptos de la Torá) para poder así elevar a sus
alumnos hasta su mismo nivel.
Concluimos
entonces, que el rabino no sólo debe vivir de acuerdo a todas las reglas
contenidas en el código de la ley Judía (Shulján Aruj), sino también
esforzarse para perfeccionarse en el cumplimiento de cada una de estas leyes.
Por
lo tanto, aunque todos los miembros de la congregación observen estrictamente
los mandamientos del Shulján Aruj, podrán aún aprender con su rabino a
perfeccionar cada una de las mitzvot.
Entonces,
a nuestra pregunta ¿qué es un rabino?, podemos responder claramente que un
rabino es un maestro y gran líder espiritual, y no un mero funcionario o
"persona con dotes histriónicas" que celebra matrimonios y dice
hermosas palabras desde el púlpito.
Es
dificil encontrar un rabino con las características que describimos
anteriormente, pero si una persona es sincera y está realmente interesada,
encontrará un rabino noble y confiable aunque la búsqueda sea larga.
Por
el Dr. Alberto Levy
Rector
del Instituto Sperior de Estrategia y Administración de Negocios (SEAN).
1949.
Buenos Aires.
"Vaya
Tranquila, señora, siempre el primer día pasa esto, ya se va a calmar".
La
larga y flaca figura británica, símbolo supremo de la educación perfecta, me
alzaba sosteniéndome fuertemente en sus brazos. Era el primer minuto, del
primer día, de mi primera separación de mi madre.
El
ala del renombradísimo colegio inglés donde funcionaba el jardín de infantes
tenía un pequeño patio cubierto.
Hasta
ese momento estaba mi hogar.
Ahora,
ese patio. Había muchos chicos.
Yo
no estaba solo. Todos jugaban y gritaban. Yo no estaba solo. En un segundo, todo
comenzó. El "león" británico ordenó formar mirando al frente y en
un instante comenzaron a rezar. Yo estaba solo. Y para siempre. Hoy ya pasaron
desde ese momento treinta años y no quiero transformar esto en una autobiografía.
Solamente puedo dividir este periodo en tres etapas.
De
esta primera, me quedan grabados hechos quizás intrascendentes, o quizás los
condicionantes de toda mi vida.
"Vos
no jugás con nosotros porque sos judío".
"Agárrenlo
fuerte al ruso que le quiero dar una piña".
La
mesa de ping-pong tenía una segunda utilidad mucho más divertida: "Atémoslo
al cerdito que va a terminar el recreo: El que le pega en la boca con el chorro
de pis, gana".
Después
vino la Facultad. Allí sí era uno más. Había muchos como Yo.
Mi
abuelo me había regalado un autito.
Comenzaba
la segunda etapa: Los chicos del colegio se iban a dar cuenta de que yo era un
play-boy, que tenía las mejores mujeres, la mejor ropa y la mejor mesa en la
mejor boite, adornada con la botella del mejor whisky. Actuaba como si estuviera
en el centro del patio del colegio, con todos los alumnos formados aplaudiendo
mi poder de seducción. Tenían que admirarme. Yo también podía ser como
ellos. Yo NO era diferente.
1965.
Al
casarme, había quedado sin público. Los gladiadores de rugby debían seguir
admirándome. Ya hacía cinco años que no tenía noticias de ellos, pero seguía
luchando por su reconocimiento. La mejor forma era cosechar títulos,
coleccionar diplomas, tener muchos premios. -¡Salí en los diarios! ¿Qué van
a decir los chicos? ¿Se darán cuenta que soy yo? ¡¿Quién sabe?! ¡Quizás
llamen para felicitarme Ahora no sólo soy igual, ¡quizás hasta soy mejor! Prácticamente,
no tenía amigos judíos. Ya era casi igual. ¿Para qué recordarme que era
diferente? Que no me hablaran de los programas o de campos de concentración.
"Eso ya pasó y no va a volver". "Los demás" no van a dejar
que pase otra vez.
¿Para
qué pensar que era judío?. Ya estaba superado. ¿Por qué sufrir por no ser
como los otros?.
Sentía
que todos me aceptaban. Ya había conquistado mi derecho de pertenecer a la
Humanidad. Había conseguido el derecho de ser igual que todos mis amigos. Por
mucho tiempo no tuve que esquivar golpes sin tener que devolverlos. Ya no
sobrevivía: ¡ahora vivía!. Ya no era más un fantasma de la historia entre
mis amigos. Todo había sido una pesadilla y, como diría cualquier
psicoanalista, la pesadilla ya estaba elaborada y yo había despertado
triunfante: Era igual, es decir, ya era un judío aniquilado, diluido.
¿En
qué era yo diferente? Mis padres hablan perfectamente igual que yo, sin ningún
acento extraño. No estuvieron en Europa en los campos, ni jamás, por
generaciones y generaciones, fueron perseguidos. Mis amigos decían "los
israelitas" o "los hebreos" cuando hablaban de nosotros, porque
decir "judíos" tenía cierta connotación que podía ofenderme. Hasta
ellos me ayudaban en mi camuflaje. Sólo faltaba operarme la nariz, plancharme
el pelo, cambiarme el apellido y nunca ir al baño con ellos.
Ya
no era un judío inmundo. Era un respetable ciudadano "de origen
israelita".
Había
encontrado el remedio para todos mis males.
Es
más: era un líder. Me respetaban. Compraban mis libros. Era uno de los
profesores mejor considerados. La metamorfosis era perfecta: El mejor disfraz y
la mejor máscara, era uno más.
1978.
Habían
pasado dieciocho años. Un día estaba almorzando con uno de mis mejores amigos.
"¿Sabés?" - me dijo como si pronunciara el mejor piropo del mundo -
"Vos sos diferente a los demás judíos. Con vos seria capaz hasta de hacer
un negocio".
En
ese momento, después de tanto tiempo, de tanta lucha en vano, me vi devuelto a
mí mismo. Mi íntimo amigo grabó en el alma la imagen que tenía de los míos,
la imagen que su mundo le había inculcado. Ese mundo que yo quería adoptar. Me
di cuenta que para pertenecer a ese mundo yo también tenía que beber de esa
copa envenenada. Pero el precio era demasiado alto. Ya no podía ser más igual.
No sabía qué hacer. Ya no me servían más las charlas del origen judío del
cristianismo y de que Jesús era judío y que murió como judío.
Mi
historia volvía a perseguirme a pesar de todo lo que había conseguido. No sabía
qué sentía, no sabía si me negaba a mí mismo y por qué. En realidad, no sabía
si no me odiaba. En resumen: Ya no era nada, pero peor aún, ya no era nadie. El
incidente había sido, evidentemente, insignificante. Pero demostraba la amenaza
constante de nuestra existencia. El agua volvía a llegarme hasta la boca y volvía
a hundirme, separado, despreciado y golpeado.
Me
di cuenta de que había perdido lo que mal creía que había ganado, pero que en
realidad nunca había conquistado: la libertad. La sensación de verme
definitivamente libre, feliz y digno entre los no judíos, totalmente alejado de
la acusación incomprensible.
1993.
LA VUELTA: LA TORA
No
tenía ninguna formación judía, más allá de haber hecho el Bar Mitzvá con
el Rabino Benzaquén del Templo de Piedras, para cumplir con la tradición de mi
familia.
Para
ellos, judaísmo era su propia versión de Rosh Hashaná, Yom Kipur y Pesaj.
En
lo de mis abuelos (lo curioso es que me acuerdo que abuelo sabía leer hebreo.
No tengo idea si entendía lo que decía), el Seder de Pesaj era (creo)
importante.
Y
que cuando volvíamos del Templo en Yom Kipur, los que ayunaban (por lo menos)
se tomaban en serio cortar el ayuno. No me acuerdo si Rosh Hashaná era
importante.
Lo
que sí me acuerdo, una circuncisión de alguno de la familia. Un Bar Mitzvá.
Un especial de jamón y queso. Un regalo de un libro de Historia Judía. Un
cocktail de langostinos. Una lágrima por el Holocausto.
HOY.
Si
el antisemitismo tibio que hay en Argentina no es verdadero antisemitismo y, por
lo tanto, no me impulsa a ser judío. Si no sabía o no creía en las ideas judías.
Si no tenía la menor idea de QUÉ ES SER JUDIO. Y, para colmo, ¡¡opinaba!! Si
era joven, sano y exitoso.
Si
vivía en un país en el que ser judío no impedía la satisfacción de mis
deseos personales, económicos, sociales o culturales. ¿POR QUÉ Y PARA QUÉ
TENIA QUE TRABAJAR EN SER UN JUDIO? Por otro lado veía la incoherencia de una
cantidad infernal de asimilación, de casamientos mixtos, de casamientos entre
chicos cada vez más grandes y -por lo tanto- con menos hijos, pero que -todos
ellos- igual se declaraban como judíos. Entonces comprendí que hay que tener
demasiada fuerza para querer y estar preparado para vivir bajo el signo de una
mezuzá o de los tefilín, cuando somos una sociedad dedicada solamente a
disfrutar. No a ser mejor gente. Y razoné. No recé. Razoné. Razoné que
prefiero el espíritu de Vilna o de Alepo o de Tánger o de Smirna, que el de
Nueva York o el de Paris, porque ese espíritu que crearon Nueva York y Paris
puede crear lo que generó la caída de Roma.
Razoné
que el sueño sionista de ser un pueblo “normal", IRONICAMENTE, se
confunde con no tener el derecho de ser diferente.
Comencé,
gracias a un amigo, a colocarme Tefilín todos los días. Conocí Jabad. Allí
nos recibieron con los brazos abiertos. Nos abrieron las puertas, el camino. Nos
impresionaron con sus obras en todo el mundo. Nos mostraron que están donde los
necesitan. Y nosotros los necesitábamos y estuvieron.
Comencé
a remarcar mi judaísmo, dictando clase en la Facultad, en una empresa
multinacional. Al comenzar, escribo B"H (con la ayuda de Di-s) en el ángulo
superior del pizarrón.
Empezamos
a cuidar el Shabat, a comer Casher, aprendimos de lo sagrado de la vida
familiar. Cuando comenzamos la vida adulta, nuestro deseo es TENER. Pero si ya
cumplimos los objetivos, ¿qué queda por hacer? ¿Más fiestas? ¿Más autos?
¿Más golf? ¿Más viajes?
Entonces, a pesar de mi doctorado fuertemente impregnado de epistemología, aprendí algo sobre mí mismo, que desconocía: TENGO LA CAPACIDAD DE CREER EN DI-S.
•
de Jabad Magazine
Tras
relatar la historia de la caída de Hamán y la victoria de Israel, el Libro de
Ester resume el milagro de Purím en una sola frase: "Y para los judíos
hubo luz, felicidad, alegría y prestigio".
El
Talmud interpreta estas palabras como una referencia a los cuatro aspectos
distintivos primarios del pueblo judío: la Torá, las festividades, la
circuncisión y los tefilín.
Purím
tiene que ver con ser diferente.
Hamán
se quejó al Rey Ajashverosh de que "existe un pueblo singular, esparcido y
fragmentado entre las naciones de todas las provincias de tu reino, cuyas leyes
difieren de las de todas las naciones".
Una
"nación singular", admitió Ajashverosh, diferente y única a pesar
de su dispersión, no puede tolerarse; concordó con Hamán en que "no
merece que el Rey la deje existir... debe decretarse que sea destruida".
La
respuesta judía al decreto de Hamán fue intensificar su singularidad.
En
lugar de continuar con las tendencias asimilacionistas que comenzaron con su
exilio de la Tierra Santa tres generaciones antes, ellos se agruparon bajo el
liderazgo de Mordejái con un renovado compromiso a su peculiaridad como pueblo
de Di-s.
Hay,
por supuesto, 613 mitzvot (mandamientos Divinos) y muchos principios, leyes y
costumbres, que comprenden la fe judía; pero estas cuatro son singularizadas
como las matrices de la peculiaridad judía.
Similitudes
Distintivas
A
primera vista, parecería que lo cierto es todo lo contrario. Que estos cuatro
preceptos en verdad reflejan la similitud de Israel a las demás naciones.
La
erudición no es característica exclusiva de los judíos; virtualmente cada
comunidad y cultura tiene su credo y filosofía, un canon de escritos sobre los
que se basa, y un ejército de eruditos y juristas para estudiarlo,
interpretarlo y aplicarlo.
Además,
incluso la Torá como Torá no está restringida al pueblo de Israel; varios
credos se basan en ella, incluyendo a dos que abrazan a más de la mitad de la
raza humana.
Si
alguna vez hubo un libro universal, éste es la Biblia; de ella se han impreso más
copias que de todos los demás libros combinados. Incluso algunas de las
exposiciones específicamente judías sobre la Torá (tales como el Talmud, los
escritos de Maimónides o las enseñanzas de la Cabalá) son conocidas y
estudiadas universalmente.
Las
festividades también son un aspecto común a todas las sociedades.
Es
cierto que sólo los judíos comen matzá en Pesaj y hacen sonar el shofar en
Rosh HaShaná, pero el concepto de festividad, o sea de una fecha designada para
la conmemoración y observancia, es universal.
Cada
nación, cultura y religión tiene su calendario de fechas que marcan los
sucesos históricos que la forjaron, y conmemora estas fechas con costumbres y
rituales apropiados.
Lo
mismo es cierto de tefilín: sólo el judío ciñe estas cajas y correas de
cuero sobre su brazo y cabeza como símbolo de su compromiso con Di-s, pero, una
vez más, el concepto es uno universal. La alianza de la mujer casada, el
uniforme del soldado, el tocado de plumas del jefe indio, el vestido nacional de
un grupo étnico - todos estos son símbolos vestidos como demostración de la
lealtad del individuo a un cierto grupo o causa.
En
lo que concierne a la circuncisión, es un procedimiento bastante común,
practicado por muchos por razones de salud y otras.
Y
aún así, la Torá, las festividades, la circuncisión y los tefilín -o, como
el Libro de Ester se refiere a ellos: luz, felicidad, alegría y prestigio
son las piedras angulares de la distinción judía.
Cierto,
otras naciones y sociedades tienen elementos similares, o virtualmente idénticos,
en su doctrina y estilo de vida; pero la experiencia judía de estos mismísimos
elementos es diferente -incluso antitética- a la de sus contrapartes no-judías.
De
hecho, ésta es la marca más absoluta de distinción: cómo uno difiere de su
semejante no en aquellas áreas en que es obviamente diferente, sino en aquellas
en las que es externamente similar pero internamente se encuentra a mundos de
distancia.
Sabiduría
Femenina
¿Cómo
difiere la Torá del judío del concepto universal de estudio y erudición?
La
clave se oculta en la elección del Libro de Ester de la palabra hebrea orá
-que es la forma femenina de or, "luz"- como referencia a la Torá.
Toda
sabiduría, cuya función es iluminar e ilustrar, es luz; pero hay luz masculina
y luz femenina. La luz masculina es autogenerada, original y agresiva; la
femenina es receptiva.
El
intelecto masculino es la mente que explora lo desconocido, originando nuevas
ideas, destruyendo equivocaciones antiguas.
El
intelecto femenino es la mente abriéndose a sí misma para recibir de una
fuente más alta, ingiriendo una semilla de sabiduría revelada y desarrollando
la miríada de detalles y aplicaciones inherentes que se encuentran dentro de
ella.
El
estudio de la Torá emplea ambas funciones, masculinas y femeninas, de la mente,
pero el énfasis mayor, el definitorio, es puesto en la función femenina.
De
hecho, pese a toda su compleja expansión talmúdica, la Torá no se trata de
intelecto en absoluto; el intelecto es apenas una “vestimenta", un medio
con el cual transmitir la esencia suprarracional que inviste. Estudiar Torá es,
antes que nada, rendirse a una revelación de verdad Divina, hacer de la mente
de uno un receptáculo para la sabiduría y voluntad de Di-s.
La
mente del sabio de Torá no es un generador de ideas sino una matriz que recibe
la verdad Divina y luego la desarrolla como una ley o principio racionalmente
estructurado.
El
Pasado Presente
La
función universal de la festividad es celebrar y conmemorar el pasado. La función
de la festividad judía es re-experimentar el pasado, o más bien, desenterrar
la esencia atemporal de un suceso pasado que lo convierte en real para la
existencia presente del individuo.
El
judío, en Pesaj, no recuerda meramente el Exodo. Mediante su observancia de las
Divinamente ordenadas mitzvot de Pesaj accede al don Divino de la libertad que
es el Exodo, logrando con ello un "Exodo" personal, una liberación de
las limitaciones que esclavizan su propia vida.
Lo
mismo es cierto de la Entrega de la Torá en Shavuot, el logro de perdón en lom
Kipur, y así sucesivamente: la festividad judía es una ventana eterna en el
tiempo, haciendo que los sucesos "pasados" se vuelvan accesibles y
reales.
Una
festividad es una ocasión "feliz". Pero, nuevamente, la felicidad
experimentada por el judío, mientras que superficialmente se parece a la del
celebrante no-judío, es radicalmente diferente.
Para
el celebrante no-judío una festividad es una escapada; sumergiéndose en un
pasado rosado y gozoso, puede desatender sin riesgo el problema -y la
responsabilidad- del agobiante presente. Poco sorprende que muchas fiestas
incluyan inevitablemente profusos gastos, laxitud moral y camorra de taberna.
El
judío también trasciende el presente en sus festividades, y para él, también,
ésta es una fuente de regocijo. Pero la suya no es una alegría escapista. Por
el contrario, es el regocijo de penetrar en la esencia de su ser del día
presente para descubrir su personalidad eterna interior. Por lo tanto, el suyo
es un regocijo disciplinado, un regocijo que destroza barreras externas mientras
amplifica el foco interno.
El
suyo es un regocijo que lo hace más responsable, más protector, más
comprometido.
La
fiesta en la que se destacan más vivamente la igualdad y la distinción de la
celebración judía es Purím.
En
Purím se ordena al judío "beber hasta no poder distinguir entre 'maldito
sea Hamán' y 'bendito sea Mordejái"'. Beber, especialmente al grado de la
irracionalidad, es generalmente anatema al judío; es en Purím cuando se nos
confiere la inusual imagen de un judío borracho. Y el borracho de Purím es una
imagen digna de observarse: emocionalmente desinhibido y con todo moralmente
controlado; racionalmente incoherente y con todo espiritualmente genuino.
La
Alegría del Sacrificio
La
circuncisión es una práctica bastante común. Muchos la practican por razones
de salud, otros por razones religiosas. En ambos casos, la decisión de
circuncidar es cuestión de sopesar el dolor versus la ganancia.
El
procedimiento es doloroso, hay un elemento de riesgo involucrado (como con todos
los procedimientos quirúrgicos), y se dice que disminuye el placer sexual.
Quien decide circuncidar a su hijo puede decir: "Es cierto, hay
desventajas, pero los beneficios para la salud hacen que valga la pena". El
joven musulmán podría decir: "Claro que duele, pero gana para mí la
entrada al cielo".
Lo
peculiar en el judío es que, para él, la circuncisión misma se percibe como
algo positivo y deseable. Quienquiera haya asistido alguna vez a un brít mílá
comprende por qué el Libro de Ester se refiere a éste como "alegría";
uno no se queda con la impresión de que estamos "pagando un precio"
por alguna gratificación futura. Es la autoentrega a Di-s lo que el judío
alegremente desea, no los resultados o las gratificaciones de su sacrificio.
De
hecho, puede decirse que la circuncisión es representativa de todo
"sacrificio": es dar de uno mismo en el sentido más físicamente
literal de la palabra. El concepto de sacrificio es, por supuesto, universal. El
hombre siempre está sacrificando en aras de su futuro, sus queridos, su patria,
sus convicciones. Pero el sacrificio es siempre en aras de algún retorno futuro
(en la vida propia o en el más allá) o un deber ineludible. Para el judío, el
sacrificio por requerimiento de Di-s es una alegría.
De
allí el asombroso, racionalmente inexplicable, fenómeno: virtualmente todos
los judíos, no importa su grado de compromiso religioso, practican la
circuncisión.
Judíos
que se definen a sí mismos como "ateos" y "ciudadanos del
mundo", como "progresistas" y sublevados al "ritual
religioso primitivo", circuncidan a sus hijos.
Judíos
que emergieron de siete décadas de despotismo soviético totalmente privados de
cualquier conocimiento o apreciación del judaísmo inmediatamente organizaron
circuncisiones para sí mismos, sus hijos y nietos. La circuncisión, para el
judío, trata de lo que él es, no de lo que ésta hace por él.
La
Caja Negra
El
cuarto definidor de peculiaridad judía son los tefilín -las cajas negras de
cuero conteniendo rollos escritos con capítulos selectos de la Torá, ceñidas
sobre el brazo y la cabeza como símbolo de nuestra relación con Di-s.
Cada
comunidad y cultura tiene vestidos y ornamentos que se visten como símbolos de
su identidad. En razón de lo que representan, estos reflejan naturalmente las
concepciones de belleza y prestigio de quienes los portan: el reluciente anillo
de oro de la novia, la sastrería impecable del uniforme del general, el arco
iris de colores en el vestido nacional de un pueblo, todos encarnan el orgullo
por lo que son, en una persona o en un grupo.
Los
tefilín se destacan por su simplicidad austera. Dos simples cajas, que la ley
de la Torá ordena que estén desprovistas de todo adorno y pintadas de negro.
Porque los tefílín no transmiten orgullo, sino la subyugación de la mente, el
corazón y los actos del judío al Omnipotente.
Sí,
los tefilín son el prestigio del judío, pero el prestigio del judío no se
presta a la representación estética. Su prestigio radica en su servidumbre a
Di-s, en su atar su intelecto, emociones y talentos a lo supremo.
La
Suerte del Cuerpo
Purím
es la más física de las festividades. Hay momentos -un ejemplo primario es
Janucá- cuando celebramos la salvación del alma judía, nuestra salvación de
manos de aquellos que pretendieron destruir nuestra fe y espíritu.
Estas
festividades se observan consiguientemente de maneras "espirituales"
(en Janucá encendemos luces y recitamos el halel).
En
Purím, re-experimentamos la salvación del cuerpo físico judío. Hamán no
tramó de asimilar a los judíos, sino destruir físicamente a todos y cada uno
de ellos, sin importarle su compromiso religioso. Por lo que las mitzvot de Purím
son notablemente físicas: dar dinero a los pobres, enviar regalos alimenticios
a un amigo, comiendo y -sí- bebiendo.
Y
es en su cuerpo que la peculiaridad del judío es más vivamente concretada.
Las
diferencias entre el alma judía y la no-judía son obvias: se han escrito volúmenes
enteros sobre la peculiaridad de la mente judía, el corazón judío, la
sensibilidad espiritual del judío. Sin embargo no hay nada, superficialmente,
que sea peculiar al cuerpo del judío; él posee el mismo cuerpo de homo sapiens
que el resto de su raza.
Pero,
como se explicara arriba, la verdadera marca de distinción de una cosa se
oculta precisamente en aquellas áreas donde superficialmente es idéntica a sus
pares. El cuerpo del judío es perceptiblemente idéntico al del no-judío, pero
éste es el cuerpo elegido por Di-s en Sinaí para ser "Su propio tesoro de
entre todos los pueblos" y un miembro de Su "reino de sacerdotes y
nación santa".
De
hecho, la elección del judío tiene que ver primariamente con la elección de
Di-s de su cuerpo, pues "elección", por definición, es algo
supra-racional y arbitrario; la verdadera elección es un reflejo puro de la
voluntad del que elige, una opción que no es influida por ningún factor
externo. Por lo que es el cuerpo judío lo más explícitamente elegido por
Di-s, a diferencia del alma judía cuya elección puede plausiblemente
atribuirse a las muchas virtudes que posee.
Esto
es adicionalmente expresado en el nombre dado a la festividad de Purím:
"Purím"
significa "suertes", y recibe este nombre por las suertes echadas por
Hamán para decidir la fecha para destruir al pueblo judío.
Pero,
¿por qué llamar a la festividad por un detalle menor y, para colmo, un detalle
menor del frustrado plan de Hamán? En verdad, sin embargo, el sorteo de Purím
no es para nada un detalle menor. De hecho, expresa la esencia de la distinción
judía que Purím celebra. Una distinción que ahonda más allá de la igualdad
superficial para revelar la originalidad interior; una distinción que, como
echar los dados, hace distinción entre dos objetos de otra manera sinónimos,
idénticos salvo por el hecho quintaesencial de que uno es elegido.
por
el Rab. Shlomo Tawil
Director
de Jabad Lubavitch Rosario
Hacia
el final de Meguilat Ester leemos: "Para los judíos hubo luz, alegría,
regocijo y honor”.
Así
describe el texto el espíritu que reinó entre los judíos de la Persia y Media
de hace más, de 2.000 años atrás.
La
reacción natural de un pueblo que acaba de liberarse de sus enemigos que habían
orquestado un edicto de aniquilación total Di-s libre.
Sin
embargo, nuestros Sabios en el Talmud interpretan el sentido de los términos
“luz, alegría, regocijo y honor" refiriéndose a: 'hubo Torá,
festividades judías, circuncisión y colocación de Tefilín'. La salvación
generó una revitalización del cumplimiento de los preceptos.
Esa
es la reacción natural del judío.
El
alegato de Hamán para lograr su maquiavélico plan fue justamente “Hay un
pueblo, disperso y fraccionado entre las naciones, y que leyes son diferentes de
la de todo pueblo”.
La
respuesta de los judíos no fue, siendo que el ser diferentes nos acarreó un
peligro de desaparición, ahora que salimos de la crisis y nos disponemos
nuevamente a reorganizar nuestras vidas, hagámoslo de forma tal de no llamar la
atención, y ser lo más parecidos posible a nuestros vecinos gentiles, en cuyo
seno vivimos, y somos minoría, ¡Todo lo contrario! La salvación de Purim
generó una revalorización de todo aquello en lo que somos diferentes: 'Torá,
festividades Judías, circuncisión y Tefilín'. Sólo con ello hay continuidad
judía.
Al
haberse perdido el mensaje propiamente judío automáticamente se pierde la
identidad judía, para asumir una identidad universalista.
Por
ello, lo único que puede mantener al Judaísmo es aquello que es propio sólo
del Judaísmo: Tefilín, Shabat (en su perspectiva específica de Shabat. 39
trabajos prohibidos, Kidush, velas de Shabat, etc., no de mero día de descanso
en la concepción universal del domingo) Y todo ello integrado a la vida
cotidiana, y en la acción.
Pues
si únicamente nos centramos en la importancia del mensaje de los valores judíos
como la solidaridad, libertad, etc., pero la irrelevancia total del Judaísmo práctico,
¿En qué nos diferenciamos de nuestros vecinos cristianos que también adoptan
esos "valores" (y como se escucha tan a menudo: civilización
"judeo-cristiana:)?
En
simples palabras la lección de Purim está también en que nos define qué es
educación judía y su alcance. Educación judía es tal cuando dota al alumno
con fuerzas para superar incluso la embestida de un Hamán y sus decretos. Y eso
se logra sólo cuando el niño adquiere una fe inquebrantable en el Di-s de
Israel, en la eternidad de la Torá y del mandato del pueblo judío tal cual
como son. Con su pureza, con su fuerza, con su santidad. Si la adulteramos no es
más el mismo producto. Es sólo imitación. Y aunque el ojo a veces no se
percate a primera vista de la diferencia entre la fantasía y el oro, la
diferencia es abismal.
Un
padre nunca se va a arrepentir de que su hijo sea demasiado judío, pero sí
escuchamos todos los días (desgraciadamente) como se preguntan "en qué
fallaron con sus hijos?", cuando la respuesta es clara y sencilla. Los
embates de hoy son muy peligrosos porque son seductores. Y sólo una educación
de Torá, donde aprenda que lo que dijo Moshé y Rabí Akiva, el Baal Shem Tov y
Rav Iosef Karo en su Shulján Aruj, es actual y vigente HOY y debe seguirse
contra viento y marea permitirá que el padre no se arrepienta cuando ya sea
tarde.
Que
para los judíos haya "luz, alegría, regocijo y honor", en su sentido
literal y en su sentido espiritual. ¡Purim Sameaj!