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Hikonu 30

 

Indice:

 

                Editorial

 

               Qué hacer ahora ?

                Qué pasó con la Mezuzá ?

                El Amor

                Esperando entre bastidores

 

                Fenómeno extraordinario en la vida Judía

                

                Hazme un Favor - Mitzvot y Milagros

      

 

               

 

 

 

 

Editorial  

B"H

Shalóm Uvrajá

Es muy reconfortante saber que el alma judía arde e ilumina cuando se la incentiva y recibe el combustible adecuado. Ya verá a qué me refiero.

• Campaña de las Mezuzot. Hace un par de meses, en ocasión de conmemorar el nacimiento del rebe de Lubavitch, iniciamos esta venta. Las primeras 100 mezuzot ya están casi agotadas.

• Campaña Nacional Diez Mil Puntos de Luz: invitamos a cada mujer judía a que encienda velas de Shabat. Muchos hogares judíos se iluminaron con esta luz tan especial y el ejemplo sigue logrando más adhesiones.

• Clases de Torá. Se dictan en Jabad gran variedad de cursos durante la semana con importante asistencia de judíos y judías de la ciudad.

• Kabalát Shabat y día de Shabat. Es un placer ver el entusiasmo de hombres, mujeres y jóvenes que acuden a nuestro Beit Hakneset en estas ocasiones.

• Mikvé. Gran cantidad de matrimonios utiliza nuestras instalaciones para observar las leyes de salud espiritual y anímica de la pareja judía. (¿No le parece que todos los matrimonios necesitamos esa salud?).

• Casamientos: Jabad Lubavitch fue llamada a celebrar varios matrimonios, en nuestra ciudad.

• Inauguración de aulas. Estas aulas se dedicarán a la educación judáica de chicos y grandes. También funcionan en nuestra casa el Gan y Talmud Torá “Beit Israel” y las clases de Hebreo para adultos.

• Programa dominical. La actividad para chicos entre 5 y 11 años ha vuelto a funcionar y contamos con un gran número de participantes que comparten un marco judío en nuestra institución.

• Comedor comunitario. Crece la actividad de nuestro comedor.

• Jóvenes Universitarios. Los universitarios encuentran en nuestra casa un lugar donde desarrollar sus actividades.

• Conferencias y actividades culturales diversas. Se desarrollan encuentros de gran interés y esperamos sus sugerencias sobre los temas que le gustaría tratar.

Es oportuno agradecer por todos estos logros a ustedes, nuestros lectores, a todos aquellos que nos apoyan, a veces desde el anonimato, con dinero, esfuerzo y buenos consejos. El Staff de Jabad también merece nuestro especial agradecimiento.

Por último, nuestro sincero reconocimiento a nuestro queridísimo Rebe que, desde lo alto, nos asiste constantemente para alcanzar el éxito de la misión que nos encomendó: acercar la llegada del Mashiaj con buenas acciones.

Rabino Shlomó Tawil

 

¿Qué hacer Ahora?

Muchos nos sentimos inútiles, preguntando “¿Qué puedo hacer por la situación en Israel?” Tenemos mucho que decir a los políticos, a los líderes mundiales, a los militares y a todos los demás jugadores importantes. Pero para el resto de nosotros, aquellos que nos sentimos impotentes en las arenas de la política, ¿qué se supone que debemos hacer además de sentarnos y leer los periódicos?

Ante todo, tenemos que recordar que ésta es la nación judía, una nación  milagrosa. Nunca hemos sobrevivido por medios naturales, sino por una sucesión de milagros impredecibles. ¿Cuándo fue la última vez en la historia que el pueblo judío pareció ser una empresa viable, capaz de durar otro siglo? Como declara el historiador Arnold Toynbee -en un tono de ofensa y espanto-: “Por todos los dictados del sentido común este pueblo debería ser una reliquia del pasado antiguo”. Lo siento, Sr. Toynbee. Milagrosamente, estamos vivos, tenemos nuestra tierra y somos fuertes.

Nuestra supervivencia nunca fue cuestión de tener los tratados adecuados, los amigos correctos, o la apropiada estrategia económica o militar. Cuando todo parecía seguro y estable en la época de la Reina Ester, fuimos amenazados con la aniquilación. Y cuando parecía imposible, como en la época de los Macabeos, salimos victoriosos. Y así el modelo -o la falta de éste- continuó a lo largo de las edades. Participar del juego como buenos persas o egipcios, romanos, españoles, polacos o alemanes, nunca nos ayudó mucho. Sin embargo, mientras los imperios se desmoronan en el polvo de la historia, todavía estamos aquí, más vivos e invencibles que nunca.

Esto no quiere decir que no debamos luchar por nuestra supervivencia o que deberíamos evitar la política por entero. Ester hizo juego político y los macabeos pelearon. Pero ellos no se  fiaron de esas cosas -pues de hacerlo se habrían dado por vencidos antes de comenzar. Las vieron sólo como un anexo a una estrategia superior. Sabían que las verdaderas cartas del juego no estaban en manos de guerreros o reyes, sino en poder de Aquel que habló y el mundo fue llamado a ser.

La nación judía tiene una misión a cumplir. Todo nuestro éxito y supervivencia depende de esa misión.

En segundo lugar, debemos saber que la nación judía no es un conglomerado de individuos. Somos un entero con muchos rostros. Ya sea si eres un profesor en Haifa o un colonizador en Yesha, ruso o americano, ortodoxo, reformista o no-afiliado, tienes parte en las acciones y el destino de todos los demás judíos. Nuestros enemigos no nos podrían haber resaltado más fuerte el concepto: Nos dicen que si un judío ha de ser culpado por lo que está sucediendo ahora mismo, entonces todos somos culpables -y tienen razón en un 100%. Funciona también a la inversa, aún más enérgicamente: Cuando un judío hace algo bueno, todos somos elevados.

Estos dos puntos se relacionan entre sí: es esta unidad la que hace que los milagros sean posibles. Todas las acusaciones, las disputas internas, las declaraciones de “Te lo hemos dicho”, no serán de utilidad. Por escandalizador que pudiera sonar, la unidad y trabajar juntos es más importante que tener razón. “Si todo el pueblo judío junto adora un ídolo”, enseñaron los Sabios, “Di-s no los podría castigar. Sólo una vez que comienzan a reñir sobre cuál ídolo es mejor, es que sobreviene el castigo”. Cuánto más entonces cuando están unidos en una buena causa -esa unidad es el recipiente para recibir milagros manifiestos.

Y estamos unidos: Todos queremos paz. Todos queremos la supervivencia de la tierra y sus habitantes. En el 95% de la cuestión, el 95% de nosotros está de acuerdo. Ciertamente, el otro 5% es de consecuencias estremecedoras. Pero cuando miras a la cara a otro judío que está del lado opuesto del mostrador, debes recordar que estás viendo a tu hermano y aliado en un tiempo de tribulación— no a tu enemigo.

Es por eso que, en cada crisis encarada por el pueblo judío en el último medio siglo, la respuesta del Lubavitcher Rebe fue levantar los ánimos de los judíos dondequiera se encontraran, juntarlos, alzarlos con más mitzvot, más Torá, más compromiso a nuestro pueblo.

En 1967, fue la campaña de tefilín. En el ‘73, fue mediante la alegría y las reuniones de niños. En la crisis del Líbano, fue principalmente mediante el estudio de Torá y las plegarias de niños judíos. En la Guerra del Golfo, fue consolidando nuestra confianza en el Protector de Israel y la fe en que todo esto es una señal del inminente final del exilio y el comienzo de la redención.

Hoy, lo máximo está sobre el tapete: Jerusalén y el Monte del Templo. No te engañes pensando que estos son meros lugares en un mapa. Son lugares en el alma judía, en su núcleo mismo. El hecho mismo de que judíos puedan analizar su abandono es un síntoma de algo muy grave dentro de nosotros. Algo que ahora tenemos la capacidad de subsanar.

Por eso es una aberración que un judío intente salvar a Jerusalén atacando verbalmente a otro judío. Así es como la perdimos en primer término. Jerusalén es un sitio donde todo Israel viene junto como uno. ¿Cómo puede la falta de unidad salvar la integridad unitaria del pueblo judío?

Haz todo lo que esté en tu poder y más, si el pueblo judío y su corazón y alma significan algo para ti. Pero, sea lo que hagas, no ventiles tu frustración en palabras contra un semejante judío. Tenemos suficientes enemigos ya para hacer eso.

Somos uno. Somos fuertes. Y todos nos reuniremos en Jerusalén. Que sea antes de lo que imaginamos.

 

¿QUÉ PASÓ CON LA MEZUZÁ?

En relación a nuestra campaña de Mezuzot, publicamos acá esta hermosa historia de la vida real.

de Jabad Magazine

Una representante de Lubavitch, a quien conozco personalmente, dicta clases usualmente de materias sobre judaísmo, y se contactó con varias mujeres judias del área. Una de ellas, concurría a sus clases de Torá y era una estudiante de la universidad local.

Cuando la estudiante expresó su deseo de tener una Mezuzá, la pareja jasídica fue a su apartamento, situado en un gran edificio, donde la mayoría de sus habitantes no eran judíos. Colocaron las Mezuzot Kasher en cada una de las puertas, y por supuesto, fijaron una en el marco exterior de la puerta de entrada que da al pasillo del edificio.

Un tiempo después, mi amiga tuvo la oportunidad de visitar nuevamente a la estudiante. Pero cuando se aproximó al departamento no vió la mezuzá. Al entrar notó que la chica había cambiado el lugar de la misma. En lugar de la parte exterior de la puerta, la reubicó del lado interno, cosa que sea visible sólo desde adentro.

      Como respuesta la estudiante le explicó que a veces tiene visitas en casa, y entre ellas hay un grupo de muje

res judías que la criticaron por poner la Mezuzá en un lugar publico. Le dijeron que no era necesario, e incluso agradable exponer un símbolo judío en la cara de cada uno que pasa, y aparentemente la ridicularizaron. ¿Por qué tenía ella que Ilamar la atención así e irritar a sus vecinos no judíos?

La pobre estudiante no sabía qué hacer. Ella sabía que la Mezuzá debe colocarse en la puerta, pero qué diferencia habría sobre qué lado ponerla? Nada estará mal si la corremos unos centímetros...

La mujer no le contestó directamente, pero le molestó que en estos tiempos un judío se sintiera intimidado, y no mostrara su judaismo públicamente. Mas no deseaba ser dura, entonces decidió esperar el momento apropiado para discutir el tema más adelante con su jóven amiga.

      Pero fue la Divina Providencia la que decidió por la estudiante.

Un poco tiempo después, la chica vino a una clase, y le comentó excitada que había retornado la Mezuzá a su lugar original y que ahora comprendía que no se había conducido apropiadamente al tratar de ocultar su judaísmo, y también entendía lo que es una Mezuzá para un judío, relatándole lo siguiente:

La estudiante tenía que recibir un paquete por correo. Al no encontrarse en casa en ese momento, el cartero le dejó una nota, explicándole que había entregado la encomienda en otro departamento, conociendo que su propietario era una persona confiable.

Subiendo las escaleras para recibir el paquete, se percató que se trataba de un anciano que alguna vez cruzó en el pasillo. El hombre abrió la puerta y la reconoció, invitándola a pasar para entregarle el envio. Ella agradeció por la molestia y cuando estaba a punto de salir, el hombre le dice: “Shalom”, “Oh! ¿Es Usted judío?” -dijo la jóven, “jamás lo hubiera sospechado...”

Inmediatamente el hombre cambió su conducta. Sus ojos se nublaron con amargura y angustia. Empezó a refunfuñar para sí. “Sí, un judío, una plaga en mi vida ... yo soy judío, un judío desafortunado...” De a poco se volvió coherente y narró la historia de su vida:

Como muchos otros, él había perdido a toda su familia en los terribles días de Hitler. Su esposa e hijos habían perdido la vida en las cámaras de gas. Era el único sobreviviente. Desde entonces su vida fue un desierto, una sucesión de días y años de soledad y dolor.

Desde la guerra siempre evitó todo lo judío, hasta el punto de no revelar su verdadera identidad a otros.

La chica estaba junto a la puerta sin saber qué decir.

Nada le parecía apropiado. De repente, con una suave voz, el anciano preguntó: “¿Y por qué, hija mía, has quitado la Mezuzá de tu puerta? “Como hablando para sí, dijo el hombre: “Cuando la Mezuzá aún estaba en tu puerta, solía escabullirme hacia abajo, cuando el pasillo estaba vacío. Me paraba junto a la puerta, besaba la Mezuzá y Iloraba. Mi corazón encontraba consuelo y un poco de mi dolor se iba...”

Y eso, explicaba la estudiante, fue el motivo por el cual retorné la Mezuzá a su correcto lugar”.

 

EL AMOR

En una cultura tan obsesionada por el amor y en la que los jóvenes contraen matrimonio porque se “han enamorado”, algo debe andar drásticamente mal cuando más del cuarenta por ciento de todos los matrimonios terminan en divorcio, algunos de ellos tan rápidamente, que uno se pregunta si los miembros de la pareja tuvieron tiempo de saber si estaban o no realmente enamorados.

Si esas personas realmente estuvieron “enamoradas”, parecería que ese amor debería haber tenido mayor contenido y duración.

Si sólo observamos el empleo del término “amor” el misterio se resuelve. Se puede “amar” una prenda de vestir que está de moda, así como un plato sabroso.

Claramente la palabra “amor” se utiliza en forma generalizada para referirse a la gratificación de los propios deseos. Yo “amo” aquello que me brinda una sensación placentera. En este sentido, el amor es fundamentalmente amor a mí mismo, y el así llamado amor a otro simplemente significa que la otra persona satisface mis deseos.

No debemos sorprendernos, pues, de que las relaciones basadas en un amor que está dirigido hacia uno mismo sean tan fugaces. Cuando la persona deja de satisfacer adecuadamente mis deseos, o cuando la persona se convierte en una carga de manera tal que las exigencias que me son impuestas sobrepasan la gratificación, o si encuentro otra persona que pueda brindarme mayor gratificación, entonces la base de la relación desaparece y la relación llega a su fin.

No todo amor, empero, debe ser amor a uno mismo. Existe un amor dirigido al otro, que emana del aprecio y la admiración hacia otra persona. El amor dirigido  al otro tiene características totalmente distintas del amor dirigido a uno mismo.

Lamentablemente, el amor que no está dirigido a uno mismo es tan raro que podría resultarnos difícil comprenderlo. A modo de ejemplo, consideramos el relato bíblico de amor de Iaacov por Rajel: “Iaacov trabajó durante siete años para ganar la mano de Rajel, pero le parecieron sólo siete días en razón de su gran amor por ella” (Génesis XXIX: 18-20).

A primera vista, esto no tiene sentido. para el hombre que está separado de la mujer que ama cada día le parece una eternidad. ¿Por qué, entonces afirma la Torá que en el profundo amor de Iaacov por Rajel, siete años le parecieron siete días?

No lo comprendemos porque el amor al que estamos tan acostumbrados está primordialmente dirigido a nosotros mismos, y cuando los deseos son negados, hasta un breve período de frustración puede parecer interminable. El amor dirigido al otro obedece a reglas distintas. Los períodos largos pueden parecer breves; y si no podemos comprender esto es probablemente porque simplemente carecemos del concepto de lo que significa el amor dirigido al otro.

Creo que tuve la oportunidad de observar una relación de amor dirigido al otro en mis padres. En primer lugar, no se sintieron atraídos el uno al otro de un amor obsesivo o por un deseo de que el otro satisficiera su propio ser. En segundo, sabían que iban a compartir sus vidas a fin de lograr un objetivo en el que los dos creían, el de tener una familia y transmitir a sus hijos el patrimonio que habían recibido.

Mamá y papá pronto aprendieron a sentir aprecio el uno por el otro. En los primeros días de su matrimonio estuvieron sometidos a presiones y fuerzas discordantes que indudablemente habrían destruido cualquier relación basada en la propia gratificación. Permancieron unidos porque el vínculo era tal que no podía deshacerse a causa de la frustración y la aflicción.

El amor dirigido al otro se caracteriza no por lo que el otro miembro de la pareja pueda aportarme, sino por lo que yo puedo hacer por él o ella.

Cincuenta y dos años más tarde, Papá fue víctima de una enfermedad terminal. Sabía que tenía cáncer de páncreas, pero el pensamiento de la muerte no lo atemorizaba. Por el contrario, había estado anticipando algo por el estilo. Pocas semanas antes de sentir los primeros síntomas, abuelo se le apareció en un sueño y le dijo: “No tienes nada que temer. Es exactamente igual que salir de una habitación y entrar en otra”. La única preocupación seria de Papá era que una enfermedad larga y penosa fuera una carga para la familia.

Papá estaba muy bien informado sobre cuestiones médicas. Sus frecuentes consultas con médicos y sus visitas al hospital lo habían mantenido al tanto de los adelantos médicos más recientes. Cuando el médico sugirió quimioterapia, Papá dijo: “Ud. sabe tan bien como yo que la quimioterapia no da resultado con el cáncer de páncreas. Todo lo que hace es producir efectos secundarios indeseables. Si prolongara la vida, entonces probablemente estaría obligado por la halajá a hacer todo lo humanamente posible para vivir más, incluso si ello significara vivir con molestias. Sin embargo, indudablemente no existe ninguna obligación de someterse a un tratamiento que traerá aparejada mucha incomodidad y no prolongará la vida”. El médico no pudo menos que admitir que papá tenía razón.

En su conversación con Mamá, empero, el médico indicó que la quimioterapia podría prolongar la vida por lo menos en tres meses. Mamá se mostró inflexible. En tanto se pudiera hacer algo, debía hacerse. Tal vez durante esos tres meses se produjera la milagrosa cura del cáncer tan largamente esperada.

“Ridículo”, dijo Papá. Pero Mamá no cedió.

En cierta oportunidad, cuando Papá y yo nos encontramos a solas, Papá me dijo: “Sabes, someterme a la molestia de la quimioterapia cuando no puede ganarse nada, es absurdo. Pero si no lo hacemos Mamá no se quedará tranquila. Durante nuestro matrimonio, he hecho muchas cosas por la felicidad de Mamá; y si tengo la oportunidad de hacer una última cosa por ella, no la rechazaré”.

Nuestro idioma carece de una palabra para distinguir un tipo de amor del otro. La misma palabra que se utiliza para expresar qué sentimos por la carne y las patatas se utiliza también para describir la devoción del renunciamiento. Tal vez nuestras ideas se vuelvan tan pobres como nuestras palabras. Es trágico.

 

ESPERANDO ENTRE BASTIDORES

de “La Enseñanza Semanal”

El intérprete está listo. Las luces se apagan, pero el público aún no está en silencio. La expectativa que usualmente es tan espesa que puede palparse, no ha aparecido todavía. La audiencia parece estar inquieta; algunos hablan de sus empleos, otros observan boquiabiertos las ropas elegantes de la gente, mientras que varios discuten la posición en la tabla de su equipo de fútbol preferido. El intérprete espera, y espera.

      Pasan primero cinco minutos. Luego diez. Los susurros se hacen más fuertes. Y el intérprete aun espera entre bastidores.

      Algunas personas comienzan a preguntarse en voz alta cuando comenzará la función. ¿Algo está mal? ¿Se habrá cancelado el show?. Pero la mayoría de la audiencia está lo suficientemente entretenida y continúa con sus necios comentarios.

      Lentamente alguien se levanta.

      “¿Acaso no lo ven?” pregunta suave pero firmemente. ¿No se dan cuenta que él está detrás de los bastidores esperando que le demostremos que lo queremos aquí?!” grita.

      El público deja de conversar y escucha las sentidas palabras del portavoz. La sala queda en silencio. La audiencia se tuerce para poder verlo, esfuerza sus ojos para advertir si se corre el telón. Miran al director de la orquesta viendo si mueve su batuta dándole una señal al intérprete,      todavía no pasa nada. “¿Qué debemos hacer? ¿Qué podemos hacer?”, preguntan todos al unísono a la única persona que puede advertirlo.

      “Debemos mostrarle que queremos verlo con todo nuestro ser. El está listo. Sólo aguarda nuestra señal”...

      El Mashiaj está esperando entre bastidores. Está listo, pero debe esperar. Antes de que el telón se abra, dejando a la vista el más magnífico escenario que podamos imaginar “paz mundial y desarme, gloria y honor para los iehudim, no más conflictos ni envidias- debemos mostrarle, a través de nuestras buenas acciones, de nuestra espera tangible, nuestro anhelo por él y todo lo que significa, que estamos listos!!.

      El Rebe de Lubavitch dijo que “él ya hizo todo lo posible” para traerlo, y todavía no ha Ilegado. Nos confió la preciosa misión de traer al Mashiaj. Niños, ancianos, hombres y mujeres, cada uno de nosotros tiene la aptitud y la alucinante responsabilidad de poner todas las energías para traer al Mashíaj. Cada uno puede ser el que “incline la balanza” favorablemente, cumpliendo una Mitzvá adicional, teniendo el mérito de lograrlo. Posiblemente lo más importante es demandar de Di-s que la Era Mesiánica comience, y si incorporamos el deseo de la Ilegada del Mashiaj en nuestras vidas, facilitaremos su arribo.

 

FENÓMENO EXTRAORDINARIO en la HISTORIA JUDIA

Rabí Menajem Mendel Schneerson, el Rebe de Lubavitch, es una de las personalidades más sobresalientes del pueblo judio, un lider descollante en el curso de las dos últimas generaciones.

Su figura nos acompañó durante decenios e influyó profundamente sobre la vida judía, en Israel y en la Diáspora, como una estampa espiritual que irradia su luz sobre nosotros.

Su personalidad despertó en mi una enorme curiosidad durante todos mis años en la función pública. Lo que se escribió acerca de él, lo que él mismo dijo y su carismático porte me maravillaron.

Después de la fundación de Najalat Har Jabad en Kiriat Malaji, tuve la oportunidad de mantener con él un intercambio epistolar personal. Mí curiosidad por el Rebe se intensificó con mi ingreso al gobierno israelí, y IIegó a su climax con mi nombramiento como Ministro de Transporte durante el gobierno de Shamir. En el curso de una visita que realicé por aquel entonces a los Estados Unidos, pasé una tarde en Brooklyn. Fui a rezar minjá en la Sinagoga del Rebe, junto a mí hijo Ariel, a sabiendas que orar en su proximidad sería una experiencia espiritual memorable. Las oraciones se demoraron pues el Rebe visitaba ese día la tumba. de su suegro, el Rebe anterior, para suplicar por las necesidades del pueblo judio.

El recinto se había Ilenado por completo con miles de personas que aguardaban con paciencia y emoción la Ilegada del Rebe. El sol estaba por ponerse cuando apareció. Las oraciones se Ilevaron a cabo en un clima de elevación y entusiasmo.

Al concluir el servicio, mientras la gente pasaba delante del Rebe y recibía de sus manos billetes de 1 dolar para entregar a tzedaká, también yo hice lo propio. Extendí mí mano en saludo y el Rebe entabló conmigo una conversación mientras me sostenía la mano y no la soltaba. La conversación fue extensa y severa, incluyendo agrias críticas, pero al mismo tiempo acompañada por una sonrisa y un rostro afable.

En el curso de toda la conversación el Rebe hizo un análisis profundamente lógico de la situación en Oriente Medio, y de las implicancias y eventuales desarrollos de la política del momento, en los días siguientes a la Conferencia de Madrid.

      El Rebe se refirió con gravedad y preocupación al programa de autonomía y lo consideró un primer paso hacia la cesión de amplios territorios de Israel, incluyendo Jerusalén. Lo veía como un caso en el que la vida misma está en peligro, cuando no importa qué piensan los judíos sino cómo interpretarán las acciones las demás naciones.

      Sus palabras todavía resuenan en mis oídos. Sus ojos penetrantes, su radiante rostro y su larga barba blanca todavía están ante mi. Entretanto, miles de personas, de pie con una disciplina de hierro, pegaban sus ojos y oídos en nosotros, manteniendo un silencio absoluto, como si sólo el Rebe y yo estuviéramos allí.

Desde entonces los países mediterráneos han pasado turbulencias. Gobiernos surgieron y cayeron. Pero las proféticas palabras promunciadas entonces, en febrero del ‘92, se tornaron realidad. Sus palabras siguen acompañándonos. Todo lo que dijo el Rebe, parafraseando a los Sabios, son “palabras del Di-s viviente”.

La estima que sentía por él se intensificó y sigue haciéndolo. A medida que pasan los años, y ante el escenario de los acontecimientos que estamos viviendo, la añoranza por él se hace mi fuerte y la ausencia del Rebe -el visionario nacional, la guía de los perplejos y columna orientadora de fuego del pueblo judío- se destaca y siente más y mejor.

El Rebe fue instrumental en la solidificación de numerosas comunidades judías después de la destructora masacre del Holocausto. Su espíritu, su visión y profecía, siguen acompañándonos, y también hoy los referentes politicos saben que sus palabras son eternas.

El estado de Israel, su desarrollo y existencia, son el resultado de la preservación del judaismo en el curso de miles de años. De haber descuidado la vida judía, el pueblo judío se hubiera asimilado y desaparecido.

      El Rebe fue activo en transmitir el patrimonio ancestral también a las generaciones siguientes. La respuesta a su convocatoria a fortalecer la identidad judía, la observancia de la herencia y el fortalecimiento de la fe hizo un enorme aporte a la solidificación de los cimientos del estado judío como nación soberana.

Su preocupación por la judería soviética, su activismo en pro de la educación judía, sus esfuerzos desplegados en aras de la integridad y unidad del pueblo judio, la colosal importancia que atribuyó a la imagen espiritual de la nación, sus emisarios que partieron a comunidades en todo el mundo para preservar la llama, su incondicional amor al pueblo, a la fe y al país - todos estos son un fenómeno ofrecido al pueblo judío una sola vez en su historia.

Sus jasidím se paraban emocionados ante su carismática presencia, bajo un manto de esplendor y radiante de santidad. Bebían sus palabras sedientos, leían sus discursos con reverencia, seguían entusiastas sus directivas y se sorprendían de sus poderes. Entonaban en éxtasis las santas melodías, un cántico acompañado por cada movimiento de su brazo que se interrumpía en un santiamén cuando se daba la señal para ello.

Como hombre de ciencias, graduado en las universidades de Heidelberg y La Sorbona, y políglota, el Rebe obtuvo el reconocimiento y la estima de diversos líderes. Supo entrelazar su cultura general con las luces, de la inspiración Divina que irradiaban de su brillante personalidad.

Debemos actuar en el espíritu del Rebe para mantener la unidad del pueblo y fortalecer los valores judíos en nuestro medio. Erradicar de entre nosotros el odio sin causa, educar hacia el amor a todo judío y saber que entre nosotros no hay iluminados que luchan contra oscurantistas.

Sobre él bien cuadran las palabras: “Sus palabras son su memoria”.

 

HAZME UN FAVOR - MITZVOT Y MILAGROS

Adaptado

de “La Enseñanza Semanal”

Cuando alguien le dice: “Hazme  un favor”, ¿cómo reacciona?.

      La próxima vez, antes de responder, considere lo siguiente. Rabi Israel Baal Shem Tov, fundador del movimiento Jasídico, enseñó que toda la razón por la cual desciende un alma a este mundo es para hacerle un bien material o espiritual a otro iehudí.

      Un favor no requiere una inversión considerable de tiempo, energía o dinero. Abarca todo tipo de actos de bondad que podamos hacer por el prójimo. El ayudar a alguien nos conecta a esa persona de una forma intrínseca. Esto puede entenderse considerando cómo Rabi Shneur Zalman de Liadí, fundador del movimiento Jasídico Jabad, difundió las enseñanzas del Baal Shem Tov. Él explicó que cuando se realiza un bien al prójimo, éste se le efectúa no sólo al individuo en cuestión sino, a todas las almas que de él descenderán, hasta el final de las generaciones. ¿No es impresionante y alucinante?. Cuando le presta dinero a su amigo, le ayuda a encontrar un trabajo, le hace las compras a quien no puede salir de su casa, o efectúa algo simple como “ayudar a un anciano a cruzar la caIle”, está realizando algo que tendrá un efecto no sólo sobre la persona en cuestión, sino en sus hijos y en los hijos de sus hijos.

      Si esto es asi en cuanto a los favores materiales, cuánto más lo es al tratarse de ayudas espirituales. ¿Pero qué clase de favores espirituales pueden estar al alcance de cada persona?.

      ¿Sabe leer hebreo? Hay muchos adultos y jóvenes que lo desconocen y desearían aprenderlo. ¡Usted puede enseñarles! 0 quizás puede invitar a alguien que nunca haya experimentado un Shabat, a celebrarlo junto a usted. Tal vez pueda compartir con un conocido la clase de Torá a la que usted asiste en el Beit Jabad. ¿Algunas de estas sugerencias ha hecho “clic” dentro suyo?. Si aún no ha sucedido, puede hacer algo que está al alcance de cualquier lector de “Hikonu”: iComparta esta copia con algunos de sus amigos!.

      No es que deseemos hacernos propaganda. sino que seguramente usted conoce a alguien que puede beneficiarse leyendo estos pocos artículos.

¡Hágase Ud. mismo un favor!. La próxima vez que alguien le pregunte: ¿Me haces un favor?” o aún antes de ello, deles una “mano” material o espiritualmente hablando. Y recuerde: ¡esa puede ser la razón de por qué está usted aquí!.

Rabí Israel Baal Shem Tov enseñó que de cada cosa que uno ve o escucha debe tomar una enseñanza para su servicio a Di-s.

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MITZVOT Y MILAGROS

de Jabad Magazine

Hace varios años, para Purim, mi esposo trajo del servicio sinagogal a casa una versión infantil de la Meguilá (el Rollo de ester) para leérsela a su tristemente inculta esposa judía.

      Me sentí fascinada por la historia de ester y su primo y sus claros héroes y heroínas. Me trajo a la mente mis fugaces dos años de paso por la Escuela dominical Hebrea y me recordé como una niña de nueve o diez años con disfraz de Reina ester y una matraca para ahogar el nombre de Hamán.

      Cuando terminó de leer, pregunté a mi esposo:

      “¿Por que ya no suceden más milagros como ese?” Ahora bien, soy una persona mínimamente sofisticada, y ni siquiera sé de dónde surgió esta pregunta o por qué la formulé en ese momento. Pero quizás, simplemente quizás, era un presagio del futuro.

      Mi esposo contestó rápidamente.

“Quizás todavía sucedan y ya nadie escribe acerca de ellos”.

Pues bien, tenía razón y estaba equivocado. Y les contaré por qué.

      Era una fría tarde de viernes. Purim había sido el día anterior y estaba nevando copiosamente mientras mi esposo y yo hacíamos el camino a nuestro hogar. Aúnque mi esposo no asistía regularmente a los servicios religiosos del viernes por la noche, era el aniversario de la muerte de su padre y estaba decidido a recitar el kadish en su memoria. Pensaba dejarme en casa, para que pudiera preparar la cena entretanto.

El tránsito era sumamente lento, avanzando centímetro a centímetro por el tortuoso camino. En treinta minutos, apenas habíamos recorrido menos de una milla. Yo podia ver a mi marido mirando el reloj del automóvil y calculando el tiempo necesario para Ilevarme a casa. Finalmente, observando su rostro preocupado, le dije:

“iré al servicio contigo, no precisas Ilevarme a casa”.

      Soltó un suspiro de alivio y continuamos lentamente el avance hacia nuestra sinagoga “tradicional” en esa nevada, fría y oscura tarde.

Cuando finalmente ingresamos al parque de estacionamiento, el Rabino lo cruzaba con sus pies hundidos en la nieve. Esta tenía al menos 15 centímetros de altura y los vientos la arremolinaban en rápidas ráfagas. Mi esposo tuvo que despejar un sendero para mí para Ilegar hasta la puerta de la sinagoga, de tan profunda que era.

Cuando entramos al santuario, sólo estábamos nosotros cuatro: el Rabino, mi esposo y yo, y el bedel que había Ilegado rápidamente. Un par de minutos después dos feligreses más salieron de la cegadora nieve.

Aunque no había minián (el quórum mínimo para las plegarias comunales), el Rabino dijo que no podíamos esperar más y que comenzaría con el servicio. Apenas había comenzado cuando pareció tener lugar algún tipo de conmoción en el vestíbulo. El Rabino escudriñó afuera y airadamente comentó a sus feligreses que el “shéitl” (peluca que usan las mujeres judías observantes) y los “sombreros” que ahora se veían en el vestíbulo estaban interrumpiendo su servicio.

Lo que yo vi era una joven mujer judía y seis o siete muchachos de entre trece y catorce años vestidos en sus tradicionales trajes jasídicos negros.

      El rostro de mi esposo se iluminó y dijo:

“Rabino, pidamos a los muchachos que recen con nosotros y formemos un minián”.

“No rezarán con nosotros”, replicó el Rabino. “Se creen demasiado buenos, pero haz como quieras”.

      Mi esposo fue al vestíbulo y pregunté a la mujer si los jóvenes rezarían con los hombres. Ella se acercó a la puerta del templo y dijo:

“Sí, podrían rezar si la señora pasa a otra sala”.

Yo recogí rápidamente mis pertenencias y me uní a ella y al bedel en el vestíbulo mientras los muchachos entraban al servicio.

      Me dijo sosegadamente:

“Fue muy amable de tu parte salir. Muchas mujeres hubieran estado enojadas”.

“¿Enojadas?”, respondí, “es mi placer hacer esta mitzvá de ayudar a obtener el minián. Mi esposo quiere decir el kadish por su padre”.

Nos sentamos amigablemente y conversamos durante todo el servicio religioso. Me contó que se Ilamaba Leah, y que había estado conduciendo su furgón desde otro suburbio para traer a los muchachos para pasar el Shabat en una Bar Mitzvá. Había partido dos horas y media antes. Como el tránsito avanzaba muy lentamente y el sol ya bajaba sobre el horizonte, se sintió aterrada. ¿Dónde encender las velas, dónde encontrar velas, dónde estacionar el furgón ahora que el Shabat estaba tan cerca? rápidamente bajó la ventana de su automóvil mientras la tormenta rugía y pregunté a la mujer del automóvil en el carril próximo al suyo:

“¿Eres judía?”

Cuando la mujer contestó afirmativamente, le dijo:

“¿Puedo ir a tu casa y encender las velas alli?”

      La mujer contestó:

“Mi sinagoga está muy cerca, ve allí, ellos se ocuparán de tí”.

Y asi había conducido frenéticamente la siguiente milla tratando de vencer al reloj - con un ojo puesto en el traicionero camino y un ojo en el traicionero reloj que con su tic-tac se acercaba a la puesta del sol. Aunque no estaba familiarizada con el vecindario y el camino, las luces de nuestra sinagoga la había guiado y acogido.

Cuando Ilegó alli, el bedel de la sinagoga encontró inmediatamente velas para encender y le ayudó a Ilamar a su casa para informar a su esposo de su paradero, no sea que se preocupara por ella y los muchachos. Además dijo que era demasiado tarde para Ilamar a la casa del Rabino donde los muchachos debían haber bajado. De modo que el bedel mismo llamó y habló con un joven miembro del hogar y obtuvo instrucciones para Ilegar a su casa.

Leah, por supuesto, con calma y deliberación, planeaba caminar con los muchachos la milla o más hasta la casa de la Bar Mitzvá una vez concluido el servicio. Habló de ello estoicamente, aceptando con valor su responsabilidad de Ilevar a los muchachos a su destino, sin nerviosismo ni fanfarria. Yo habría tenido reservas si caminar hasta mi buzón de correo esa noche, y Leah estaba decidida y sin miedo a la travesía que le esperaba. No preguntó por qué, ni se quejó del clima o su tarea. Simplemente aceptó su obligación. Claramente en su mente no había duda en que caminarían; nada de conducir un automóvil en Shabat.

Ella y yo pasamos un sereno momento ameno esa noche. El bedel caminaba por el vestíbulo murmurando:

“Mitzvot y milagros - Di-s dice que donde hay un problema, siempre hay una solución”. Y así pareció que la había.

Observé la bonita y orgullosa cara de Leah; las velas titilaban y nos brindaron calor. En mi mente vi a mi abuela con su pañuelo encendiendo las velas de mi niñez hace tantos años. Vi las muchas generaciones de mujeres encendiendo esos símbolos de nuestra fe y tradición remontándonos por siglos. Supe que nunca olvidaría de nuevo encender esas velas de Shabat. Si era lo máximo que podia hacer, era también lo mínimo que podia hacer para portar el mensaje de fe para todas las generaciones, tanto anteriores como siguientes a mí.

Leah preguntó:

“¿Dónde están todos los miembros de tu congregación para el servicio de Shabat?

En mi sinagoga, el clima no nos detendría y la sinagoga estaría llena; los hombres se calzarían botas y caminarían toda distancia necesaria”.

      El bedel contestó risueño:

“Si ofrecieras una cena, la sinagoga estaría llena”.

Leah me describió sus invitados de Shabat, sus cinco hijos, su vecina, y también una mujer cuyo esposo estaba en la cárcel. Me dijo, “es freilaj”. Yo me imaginé el cálido resplandor, las caras de los niños, la jalá (pan sabático trenzado), la sopa de pollo, el vino kasher. Pensé en mi propia familia fragmentada, más costumbres asimilacionistas y cómo había abrazado otros hábitos más fáciles.

No me culpo, ni miro hacia abajo a los ortodoxos por su vestimenta, su estilo de vida, o sus valores y tradiciones. Su mundo es blanco y negro, correcto y errado - no lleno de las concesiones diarias que hacemos nosotros. Que se vistan como les gusta y practiquen las tradiciones que escogen, nos ofrecen un ejemplo de su compromiso con la religión judía que todos amamos. Respetémonos unos a otros. Una mujer ortodoxa no es un “shéitl” y los jóvenes no son “sombreros”. Ellos son nuestros hermanos - tenemos mucho más en común que lo que nos damos cuenta.

      Cuando terminó el servicio sabático, Leah y los muchachos trataron de vestirse tan abrigadamente como fuera posible para la larga caminata en la profunda nieve. Yo le di una bufanda, mi esposo les dio guantes y botas y el bedel también. Les dimos nuestros buenos deseos mientras comenzaban a caminar en esa noche tormentosa.

“No se preocupen”, dijo Leah, “estaremos bien”, y yo supe que de algún modo lo estarían, en esa noche brutal.

Volví al vestíbulo, donde las velas seguían derramando su cálido resplandor, pero la sala estaba súbitamente vacía ahora que Leah se había ido.

“Mitzvot y milagros”, murmuró el bedel, quien había sobrevivido el Holocausto y los campos de concentración. Y me pareció que cada uno de nosotros había ganado esa noche una mitzvá y sido testigo de un pequeño milagro. No, no la partición del Mar Rojo, sino la partición del malentendido que nos mantiene separados. Y los pequeños milagros nos habían traído a cada uno de nosotros aquello por lo que habíamos venido a la sinagoga en esa noche nevada. Leah había encendido sus velas bendecidas, los muchachos habían hallado un asilo judío seguro para rezar, el bedel había logrado su Mitzvá mediante su asistencia y los actos de bien para con Leah, el Rabino había visto a los jóvenes muchachos ortodoxos entrando a su santuario y leyendo las mismas antiguas palabras que sus escasos feligreses, y rezaron juntos a nuestro Unico Di-s, y mi esposo tuvo un minián de modo que pudiera decir el kadish para honrar la memoria de su padre.

Y yo tuve la renovación de mi fe- pues siempre encenderé las velas por mi abuela, mis hijas, yo misma, y todas las mujeres de mi fe.

Si, ¿lo ven? Mi esposo, por lo tanto, estaba a la vez en lo cierto como equivocado.

Los milagros aún suceden, y a veces alguien todavía escribe sobre ellos.